April 12, 2011


En tercero de primaria vino un niño nuevo a mi clase. Por aquel entonces yo ya me sentía lo suficientemente adulta como para saber que estaba en el mejor momento de mi vida, así que decidí que sería una buena ocasión para enamorarme. De él.
El niño nuevo se llamaba Álex. Era rubio y tenía los ojos azules. Le gustaba jugar al baloncesto y era fan de un equipo llamado Chicago Bulls. Yo le admiraba porque le veía moderno y rebelde. Mi imaginación lo transformaba en un interesante americano que había llegado para salvarme de mi monótona vida de ciudad de extrarradio.
Un glorioso día me sentaron a su lado. Era lo que más había deseado.
Los días pasaban felices a su lado, leyendo juntos del mismo libro mientras notaba cerca su respiración, ayudándole a subrayar y dándole la mano (siempre sudorosa) en los juegos de gimnasia. Cada vez que le veía, suspiraba.
Un día vino a clase con la pierna escayolada; se la había roto jugando al baloncesto. Para mí esa fue una gran noticia: necesitaría más cuidados y quién mejor que su compañera de pupitre.
A veces incluso me quedaba con él los recreos en clase porque no podía bajar al patio con la pierna escayolada. Pero no siempre era así.
Uno de esos días, disfruté de la libertad del patio, y al subir a clase me senté a su lado en el pupitre. Le sonreí y me gire hacia la mochila para preparar los libros de Mates para la siguiente clase. Recuerdo perfectamente que era clase de Mates.
Entonces note que había algo raro en mi cartera inundando mis libros y chorreando al suelo.
Pensé que era agua.
Pero no. Era meado. Olía a meado. SU MEADO.
Miré a Álex. Él me sonrió, pero de repente su sonrisa ya no me estremecía como antes.
—Es que no me dio tiempo de ir al servicio—Me espetó, mientras yo le miraba enfurecida.
Los libros se los cambié a él. La mochila se fue a la basura junto con mi amor meado.
Tiffany <3

En tercero de primaria vino un niño nuevo a mi clase. Por aquel entonces yo ya me sentía lo suficientemente adulta como para saber que estaba en el mejor momento de mi vida, así que decidí que sería una buena ocasión para enamorarme. De él.

El niño nuevo se llamaba Álex. Era rubio y tenía los ojos azules. Le gustaba jugar al baloncesto y era fan de un equipo llamado Chicago Bulls. Yo le admiraba porque le veía moderno y rebelde. Mi imaginación lo transformaba en un interesante americano que había llegado para salvarme de mi monótona vida de ciudad de extrarradio.

Un glorioso día me sentaron a su lado. Era lo que más había deseado.

Los días pasaban felices a su lado, leyendo juntos del mismo libro mientras notaba cerca su respiración, ayudándole a subrayar y dándole la mano (siempre sudorosa) en los juegos de gimnasia. Cada vez que le veía, suspiraba.

Un día vino a clase con la pierna escayolada; se la había roto jugando al baloncesto. Para mí esa fue una gran noticia: necesitaría más cuidados y quién mejor que su compañera de pupitre.

A veces incluso me quedaba con él los recreos en clase porque no podía bajar al patio con la pierna escayolada. Pero no siempre era así.

Uno de esos días, disfruté de la libertad del patio, y al subir a clase me senté a su lado en el pupitre. Le sonreí y me gire hacia la mochila para preparar los libros de Mates para la siguiente clase. Recuerdo perfectamente que era clase de Mates.

Entonces note que había algo raro en mi cartera inundando mis libros y chorreando al suelo.

Pensé que era agua.

Pero no. Era meado. Olía a meado. SU MEADO.

Miré a Álex. Él me sonrió, pero de repente su sonrisa ya no me estremecía como antes.

Es que no me dio tiempo de ir al servicioMe espetó, mientras yo le miraba enfurecida.

Los libros se los cambié a él. La mochila se fue a la basura junto con mi amor meado.

Tiffany <3

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