
Hace un tiempo me lo encontré de frente: allí estaba, aquel capullo pelirrojo de ojos verdes y pecas atigresadas que fue mi pasatiempo de evasión favorito durante toda la adolescencia, llenando páginas y páginas de mi diario, en esa época donde Coldplay hacían canciones tristes y los Strokes hacían buenos discos. La era post 11s, llena de cazadoras vaqueras y olores fuertes. La adolescencia tiene un olor fuerte, y es una hija de puta mentirosa que te quiere hacer creer que te lo pasaste muy bien, cuando lo más probable es que te la pasaras deseando que el médico te recetara roacutan, rezando para que tu mejor amiga volviera de las vacaciones con 5 kilos más que tú y que el tío que te dijo que se puso condón cuando te lo follaste bajo el agua realmente lo hiciera.
Aquel capullo de ojos verdes ya no tenía la piel blanca con la que le recordaba. Estaba moreno y tenía la piel llena de arrugas provocadas por el exceso de rayos UVA, un torso trabajado en el gimnasio y una mirada triste que decía que esa no era la vida que el había querido llevar. Seguía teniendo las pestañas largas y tupidas, las orejas pequeñas y un aura que desprendía sexualidad y ternura a partes iguales. Su gusto por fred perry le salvaba de parecer un bakala cualquiera, para convertirlo en una mutación entre lo que el quería ser y lo que había acabado siendo.
Cuando hace muchos años que no ves a alguien sufres un shock al ver lo violenta que es la madurez, los rasgos se hacen duros y esa inocencia infantil que no creíamos tener desaparece de nuestros ojos, la voz se embrutece y la mirada se apaga. Nos hacemos más feos y crudos y el cinismo se revela en cada uno de nuestros actos.
Cuando nos conocimos yo luchaba por pasar la adolescencia sin que tuviera que gastarme un dineral en terapeutas. Nunca pasó nada entre nosotros porque era simplemente imposible. Era mejor así, una falsa historia imaginada evocadora y dulce.
No decíamos nada sobre ello pero ambos sabíamos que algo nos unía de una forma que no podíamos evitar y que nuestra juventud no nos permitía entender.
Mirándole tan de cerca me acordé de todas aquellas historias que solo había vivido en mi mente, donde me daba la mano, me besaba y me quitaba la ropa con prisas.
Y de las que habían ocurrido, como la primera vez que me tocó el brazo para hablarme, en su olor a nenuco, en las frases que me dijo a mí y solo a mí, al oído despacio y suave, en los secretos que compartimos clandestinamente en el banco de su calle, mirándonos sin saber muy bien que hacer al despedirnos y en el último abrazo que le dí, sabiendo que sería el último y que nunca recuperaría a aquella extraña criatura que lucho por sobrevivir en un mundo que no le comprendía.
Muchas cosas pasaron por mi cabeza a una velocidad incontrolable cuando le tuve dleante. Debí parecer una idiota, parada frente a él mirándole a los ojos.
Nos saludamos efusivamente y me invitó a un café. Las horas se hicieron muy cortas y acabamos tomándonos una copa tras otra hasta que nos cerraro los bares. Acabamos follando en su ascensor y en su cama, debajo de un poster de Fernando Alonso, con mi venganza perfecta y un desconocido entre las piernas, con unos remordimientos horribles al marcharme , sabiendo que era mejor cuando era imposible y que hubiera preferido mil veces el olor a nenuco de su recuerdo que el de su semen en mi ropa.












