September 6, 2011


Hace un tiempo me lo encontré de frente: allí estaba, aquel capullo pelirrojo de ojos verdes y pecas atigresadas que fue mi pasatiempo de evasión favorito durante toda la adolescencia, llenando páginas y páginas de mi diario, en esa época donde Coldplay hacían canciones tristes y los Strokes hacían buenos discos. La era post 11s, llena de cazadoras vaqueras y olores fuertes. La adolescencia tiene un olor fuerte, y es una hija de puta mentirosa que te quiere hacer creer que te lo pasaste muy bien, cuando lo más probable es que te la pasaras deseando que el médico te recetara roacutan, rezando para que tu mejor amiga volviera de las vacaciones con 5 kilos más que tú y que el tío que te dijo que se puso condón cuando te lo follaste bajo el agua realmente lo hiciera.

Aquel capullo de ojos verdes ya no tenía la piel blanca con la que le recordaba. Estaba moreno y tenía la piel llena de arrugas provocadas por el exceso de rayos UVA, un torso trabajado en el gimnasio y una mirada triste que decía que esa no era la vida que el había querido llevar. Seguía teniendo las pestañas largas y tupidas, las orejas pequeñas y un aura que desprendía sexualidad y ternura a partes iguales. Su gusto por fred perry le salvaba de parecer un bakala cualquiera, para convertirlo en una mutación entre lo que el quería ser y lo que había acabado siendo. 

Cuando hace muchos años que no ves a alguien sufres un shock al ver lo violenta que es la madurez, los rasgos se hacen duros y esa inocencia infantil que no creíamos tener desaparece de nuestros ojos, la voz se embrutece y la mirada se apaga. Nos hacemos más feos y crudos y el cinismo se revela en cada uno de nuestros actos.

Cuando nos conocimos yo luchaba por pasar la adolescencia sin que tuviera que gastarme un  dineral en terapeutas. Nunca pasó nada entre nosotros porque era simplemente imposible. Era mejor así, una falsa historia imaginada evocadora y dulce.

No decíamos nada sobre ello pero ambos sabíamos que algo nos unía de una forma que no podíamos evitar y que nuestra juventud no nos permitía entender.

Mirándole tan de cerca me acordé de todas aquellas historias que solo había vivido en mi mente, donde me daba la mano, me besaba y me quitaba la ropa con prisas.

Y de las que habían ocurrido, como la primera vez que me tocó el brazo para hablarme, en su olor a nenuco, en las frases que me dijo a mí y solo a mí, al oído despacio y suave, en los secretos que compartimos clandestinamente en el banco de su calle, mirándonos sin saber muy bien que hacer al despedirnos y en el último abrazo que le dí, sabiendo que sería el último y que nunca recuperaría a aquella extraña criatura que lucho por sobrevivir en un mundo que no le comprendía.

Muchas cosas pasaron por mi cabeza a una velocidad incontrolable cuando le tuve dleante. Debí parecer una idiota, parada frente a él mirándole a los ojos.

Nos saludamos efusivamente y me invitó a un café. Las horas se hicieron muy cortas y acabamos tomándonos una copa tras otra hasta que nos cerraro los bares. Acabamos follando en su ascensor y en su cama, debajo de un poster de Fernando Alonso, con mi venganza perfecta y un desconocido entre las piernas, con unos remordimientos horribles al marcharme , sabiendo que era mejor cuando era imposible y que hubiera preferido mil veces el olor a nenuco de su recuerdo que el de su semen en mi ropa.

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June 17, 2011


Para escribir esto he bajado la persiana de mi habitación, he desconectado el modem y he apagado el móvil.

Debía ser el año 93. Las margaritas empezaban a ser un signo generacional, los adolescentes de la época habían dejado atrás la ropa excesiva de la década anterior para decantarse por los vaqueros gastados, los tops que dejaban el ombligo al aire y las camisas de felpa atadas a la cintura.

Por aquel entonces yo tenía una prima mayor, un ser extraño de melena rubia larga, bellísima, violentamente femenina, a la que recuerdo sin pudor sentada en el retrete, sangrando y poniéndose una especie de pañal, un pañal cuyo uso me llevó años entender. En aquel entonces se llevaba la ruta del bakalao, y lo cierto es que mi prima no era la típica adolescente grunge que se encerraba en su habitación a escuchar Nirvana (pese a que su imagen nos pudiera confundir) sino la típica joven que probablemente coqueteaba con las drogas y salía de casa a las 12 de la noche para no volver hasta las 8 de la mañana del día siguiente con los ojos hinchados y morados.

Un día desapareció de nuestras vidas, su madre la sobornó con pizzas y un discman para que huyera con ella, abandonando a su padre y a su hermano, a los que tendría que ver muchos juicios después. Por conversaciones entrecortadas que escucho de manera furtiva entre mi familia creo que ahora está felizmente casada y con un hijo.

Recuerdo un día donde mi prima estaba con sus amigos mayores. Amigotes. Muchos chicos llamados David o Cristian, con chupas de cuero, los ojos hinchados (y morados) y el pelo de pincho engominado. Era de noche, y estaban a punto de salir de fiesta. Olían raro.

Uno de ellos me dijo algo al oído para que lo repitiera. Era David. Era agradable que me hablara al oído, me hacía sentir integrada. Lo cierto es que me dijo unas palabras perversas, que no era capaz de entender del todo. El caso es que me animó para que las repitiera en voz alta y con enfasis. Todos sus amigos y mi prima me miraban sonrientes y expectantes.

Entonces lo hice. Yo, con mi pulcro vestido de marinerita y con mis 6 años me puse a repetir aquellas palabras imitando la musiquilla que me había susurrado David:

CHUPAME LA POLLA CON PAN Y CEBOLLA.

Risas por toda la habitación. Yo sentí entre una mezcla de aprobación y vergüenza. Por otra parte el hablar de cebolla me hacía sentir un regusto raro en la boca, por no hablar de la palabra polla, que aunque no sabía lo que era, tampoco me olía muy bien. Era extraño.

Me hicieron repetir la cancioncilla haciendo un gesto obsceno.

Lo hice. Y hubo más risas.

Se fueron al poco rato pero esa noche no dormí bien. Tardé años en descubrir los sabores y significados de una historía que aún hoy me avergüenzo de contar.

Tiffany

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May 5, 2011


La pegona

La pegona de mi clase era una niña que por las tardes asistía a clases de ballet en el conservatorio. Sí, no os dejéis engañar por el estereotipo en vuestra cabeza de una dulce y refinada niña que hace pliés y demi-pliés en maillots y medias en tonos pastel y recatados moños impolutos en la cabeza… porque, de haber tenido uno a mano, el estereotipo se lo habría cargado con un bate. Aquella niña era una matona de tomo y lomo.

Tenía una clara inspiración en las series de instituto estadounidenses, empujándote y amenazándote con pegarte una paliza si no le dabas tu bocadillo cutre del almuerzo. Se atrevía hasta con los chicos. Los profesores ya no sabían qué hacer, lo probaron todo en su lucha por sofocarla: desde hablar con sus padres, hasta colgarle un cartel del cuello en el que ponía: “pegona”. Todo aquello solo consiguió empeorar la situación cuando abandonó la fuerza bruta para pasarse al maltrato psicológico, que al ser mas sibilino le permitía ahorrarse broncas y cartelitos.

Una tarde navideña, mi mejor amiga de aquella época me invitó a ir con ella al teatro a ver el Cascanueces. Prometía ser la mejor tarde de mi vida: vacaciones, ropa bonita de estreno, un plan de mayores… todo castillos en el aire destruidos en el instante en el que vi aparecer también a la pegona con su madre, quien, por supuesto, se entretuvo haciéndome la vida imposible.

Hay algo que no he dicho y es que la pegona, encima, era vecina mía. Una mañana de algunos años después, me levantaron muy temprano y me llevaron a su casa sin darme ninguna explicación. Era tan temprano que su madre tuvo que ir a despertarla y vimos juntas Pokemon en la tele, fue muy amable conmigo porque ella ya lo sabía. Al rato vino la vecina del tercero, que era de los kikos y me llevó a su habitación, a la de la pegona. Una vez allí, sentadas en su cama, en la de la niña que me había pegado e insultado, me dijo que mi padre se había muerto.

Según tengo entendido, ahora se dedica a presentarse a concursos de belleza y de misses. A veces me encuentro a sus padres por la calle que me lo cuentan con orgullo esperando algún tipo de asombro y admiración. Yo soy buena y les doy un poco de lo que quieren; sonrío y asiento estupefacta mientras por dentro pienso: qué patético.

Amber


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April 28, 2011


El niño X

Hoy voy a hablar del niño X, un ordinario con gracia que tenía como aficciones reconocidas tirarse eructos y ser ordinario. Artes que, os puedo asegurar, dominaba a la perfección. Tenía, además, una peculiar obsesión lingüística con los genitales masculinos, a los que podía dar, espontáneamente, el uso que necesitara en cualquier tipo de situación. Veamos algunos ejemplos:

-Tío, eres un pollero (según él, significaba que la tenía enorme).

-Tengo 13 años en cada huevo…

-Tengo pollas en el pelo, no te jode…

-¡Cómo me tires eso te arranco la polla!

-Cara pene pajeao.

-¡Polla, polla, polla!

La verdad es que es el niño X no porque quiera preservar su intimidad, sino porque, por más que lo intento, no recuerdo su nombre. De hecho, apenas me acuerdo de él. Me he encontrado estas frases escritas en una hoja olvidada en un cajón y me he acordado de esto.

Amber

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April 24, 2011


Bye, bye primaria

        

En primaria los tiempos eran felices. Yo tenía una amiga de palas partidas a la que adoraba. Se llamaba Yoli. Desde que tomamos la comunión eramos inseparables, ella era una virgo llena de vitalidad y experiencias: tenía su propio chalet (donde le dejaban coger la moto), escalaba árboles y tenía amigos fuera de la escuela. Era muy simpática y hacía unas tartas de galletas y nocilla riquísimas.

Yo sabía que las cosas no iban a durar para siempre: eramos muy diferentes y la adolescencia se acercaba. Y así fue.

Poco a poco mi amiga de palas rotas, con la que antaño pasaba los recreos jugando se fue acercando a las dos bulimicas oficiales de mi clase: Jessica y Jennifer. Eran las típicas ñiñatas que iban de radicales, que habían dejado atrás el chandal para usar pantalones ajustados y grandes aros. No jugaban con otros niños. Se cogían del bracito en los bancos para cotillear sobre los culos de los chicos que jugaban a fútbol. Se retaban para ver quien comía menos en el recreo. Eran todo drama.

Yo no las soportaba, me parecían unas pesadas insufribles. Pero pensando que sería algo pasajero y por no perder a mi amiga me pegué a ellas. También Yoli por supuesto que fue dejando los chandals para quitarle la ropa a sus hermanas mayores. Se arregló las palas. Y las bulimicas y ella se hicieron inseparables. Iban juntas a conciertos de los BSB y Camela. Quedaban los viernes para tener sus primeras experiencias con las drogas y los chicos. Se maquillaban como putas para que las dejaran entrar en las sesiones de Barraca y Arabesco. Raya negra bien ancha y pintalabios oscuros. Peinados llenos de gomina y ganchitos.

Los lunes llegaban a clase llenas de historias sobre chupar pollas que a mí me sonaban surrealistas. He de decir que ese año, fue el primero que vi una raya de coca.

Yo por supuesto no fui a nada de eso y pasé de ser la mejor amiga de la protagonista a un personaje secundario. Estábamos en sexto de primaria y la situación se hacía insostenible.

Llegó la cena del sobaquillo: una despedida hasta el final de verano de los compañeros que iniciábamos ese septiembre una nueva etapa: la secundaría.

Yo me pasé toda la cena sola y cuando me terminé el bocata fui a buscar a Yoli. Hacía un calor pegajoso propio de las noches de verano. Ella con su modelito de puta barata me estaba esperando junto a la fuente, pero no estaba sola. Le metía la lengua salvajemente a un tío moreno con la ceja partida, cadenas de oro al cuello y un chandal adidas última moda. Debía tener 3 años más que ella. Él le magreaba las tetas por debajo de la camiseta. Sentí arcadas.

¿PERO QUE COÑO HACES YOLI?Le grité casi a moco tendido—.

Ella se acerco a mí, y me habló con mucho cariño. Me hablo con tanto cariño que me dieron ganas de partirle la cara. Entonces me dijo:

Tiffany. Tú y yo ya no podemos ser amigas. Somos personas diferentes. Hemos tomado caminos distintos y tú ya no estás en el mio. Cuando seas mayor lo entenderás.

Me lo dijo así, tal cual.

Era la primera vez que rompían conmigo.

Intentó abrazarme pero la rechacé. Lo que me faltaba: compasión. Era el año 99. Tenía 12 años y pasé un verano solitario y horrible por culpa de una petarda que empezó a chupar pollas demasiado pronto.

Tiffany

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April 15, 2011


Cómo dejar a tu novio

Revistas adolescentes como La vale, Loka o BRAVO no solo nos vendían entrevistas inventadas con el último ídolo de turno, trucos para chupársela mejor a tu novio o los peligros de la marcha atrás, sino que también nos ayudaban en nuestras relaciones personales mediante tests probados científicamente y sabios consejos de hermana mayor. Tal y como se puede ver en el siguiente documento, a caballo entre el humor y el periodismo de investigación más serio, sacado en su día de una de las revistas anteriormnte mencionadas, donde nos enseñan las mejores formas de dejar a tu pareja. 

Muy detalladado, desde los mejores lugares para hacerlo:

Hasta las mejores frases:

Pasando por los clásicos, renovados:

Amber.

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April 12, 2011


En tercero de primaria vino un niño nuevo a mi clase. Por aquel entonces yo ya me sentía lo suficientemente adulta como para saber que estaba en el mejor momento de mi vida, así que decidí que sería una buena ocasión para enamorarme. De él.
El niño nuevo se llamaba Álex. Era rubio y tenía los ojos azules. Le gustaba jugar al baloncesto y era fan de un equipo llamado Chicago Bulls. Yo le admiraba porque le veía moderno y rebelde. Mi imaginación lo transformaba en un interesante americano que había llegado para salvarme de mi monótona vida de ciudad de extrarradio.
Un glorioso día me sentaron a su lado. Era lo que más había deseado.
Los días pasaban felices a su lado, leyendo juntos del mismo libro mientras notaba cerca su respiración, ayudándole a subrayar y dándole la mano (siempre sudorosa) en los juegos de gimnasia. Cada vez que le veía, suspiraba.
Un día vino a clase con la pierna escayolada; se la había roto jugando al baloncesto. Para mí esa fue una gran noticia: necesitaría más cuidados y quién mejor que su compañera de pupitre.
A veces incluso me quedaba con él los recreos en clase porque no podía bajar al patio con la pierna escayolada. Pero no siempre era así.
Uno de esos días, disfruté de la libertad del patio, y al subir a clase me senté a su lado en el pupitre. Le sonreí y me gire hacia la mochila para preparar los libros de Mates para la siguiente clase. Recuerdo perfectamente que era clase de Mates.
Entonces note que había algo raro en mi cartera inundando mis libros y chorreando al suelo.
Pensé que era agua.
Pero no. Era meado. Olía a meado. SU MEADO.
Miré a Álex. Él me sonrió, pero de repente su sonrisa ya no me estremecía como antes.
—Es que no me dio tiempo de ir al servicio—Me espetó, mientras yo le miraba enfurecida.
Los libros se los cambié a él. La mochila se fue a la basura junto con mi amor meado.
Tiffany <3

En tercero de primaria vino un niño nuevo a mi clase. Por aquel entonces yo ya me sentía lo suficientemente adulta como para saber que estaba en el mejor momento de mi vida, así que decidí que sería una buena ocasión para enamorarme. De él.

El niño nuevo se llamaba Álex. Era rubio y tenía los ojos azules. Le gustaba jugar al baloncesto y era fan de un equipo llamado Chicago Bulls. Yo le admiraba porque le veía moderno y rebelde. Mi imaginación lo transformaba en un interesante americano que había llegado para salvarme de mi monótona vida de ciudad de extrarradio.

Un glorioso día me sentaron a su lado. Era lo que más había deseado.

Los días pasaban felices a su lado, leyendo juntos del mismo libro mientras notaba cerca su respiración, ayudándole a subrayar y dándole la mano (siempre sudorosa) en los juegos de gimnasia. Cada vez que le veía, suspiraba.

Un día vino a clase con la pierna escayolada; se la había roto jugando al baloncesto. Para mí esa fue una gran noticia: necesitaría más cuidados y quién mejor que su compañera de pupitre.

A veces incluso me quedaba con él los recreos en clase porque no podía bajar al patio con la pierna escayolada. Pero no siempre era así.

Uno de esos días, disfruté de la libertad del patio, y al subir a clase me senté a su lado en el pupitre. Le sonreí y me gire hacia la mochila para preparar los libros de Mates para la siguiente clase. Recuerdo perfectamente que era clase de Mates.

Entonces note que había algo raro en mi cartera inundando mis libros y chorreando al suelo.

Pensé que era agua.

Pero no. Era meado. Olía a meado. SU MEADO.

Miré a Álex. Él me sonrió, pero de repente su sonrisa ya no me estremecía como antes.

Es que no me dio tiempo de ir al servicioMe espetó, mientras yo le miraba enfurecida.

Los libros se los cambié a él. La mochila se fue a la basura junto con mi amor meado.

Tiffany <3

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April 11, 2011


Mi profesora de latín

Siempre que cuento esta historia alguien me interrumpe para decir que a sus profesores de latín y griego también les faltaba algún que otro tornillo. Creo que es un tipo de locura que empieza a gestarse mientras aún están en la facultad, o tal vez es al revés y, es esa locura suya la que los lleva a meterse en tal carrera. Lo digo porque, una vez recibí un SMS a las tres de la mañana de una estudiante de humanidades con la que solo había hablado una vez y a la que no tenía ninguna intención de volver a ver en mi vida, preguntándome si quería irme con ella a no sé donde a ver al Papa. No, gracias. Pero esa es otra historia…

De mi profesora de latín del instituto se decían muchas cosas; que si no había conocido varón, que si era del Opus Dei, que si estaba loca… pero si algo había cierto es que aquella mujer vivía en su propio mundo paralelo, a años luz (de retraso) del resto de los mortales. Un mundo en el que los homosexuales se podían curar siguiendo la terapia de la novia de Harrison Ford y en el que la saliva de un simple beso en la boca podía matarte. Como nuestro mundo estaba en decadencia de valores, dedicó muchas de las horas lectivas a darnos lecciones morales en vez de a enseñarnos latín. Decía que tenía que prepararnos para la universidad, lugar en el tendríamos compañeros de una dudosa reputación moral. Más concretamente a una chica que se prostituiría para pagar la carrera, sentada a nuestra derecha y, a la izquierda, a un chico que, durante las vacaciones, se iría de turismo sexual a Tailandia.

Estaba empeñada en psicoanalizarnos y “ayudarnos” ya que aseguraba que con una simple mirada era capaz de saber qué pensábamos o lo que sentíamos por los demás. Han pasado algunos años y ya no recuerdo qué decía de mis compañeros, pero, según sus cálculos, yo era una persona callada y reservada porque, supuestamente, habían abusado sexualmente de mí.

Mi compañera de pupitre se ganó a pulso un viaje a su despacho gracias a sus combinaciones de escotes pronunciados y wonderbra. Nos contó que, poniendo en práctica una terapia de choque, le preguntó: “¿a ti te parecería bien que yo viniera a clase así?” y acto seguido se levantó la blusa dejando al descubierto su sujetador. Un sujetador que más tarde fue descrito como de abuela de mercadillo. Pero su momento estelar lo vivimos durante una clase en la que, no sé muy bien como, acabó subida a cuatro patas en la mesa de un alumno, roja de la ira (literalmente), diciéndole a grito pelado a 5 centímetros de su cara lo cansada que estaba de él por ser un pesado y un niñato y un inmaduro, mientras los demás, entre miraditas cómplices, nos debatíamos entre la risa y el pavor más absoluto.

Amber.

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April 10, 2011


Ramona y yo siempre jugábamos a las huerfanitas. Cogíamos muchas piedras y hojas: monedas y billetes respectivamente que guardábamos bajo la arena para huir de nuestro orfanato imaginario.

Mi relación con Ramona, hija de la pescadera del barrio, iba como la seda: las tardes de los viernes se venía a mí casa y después del cola cao con galletas dibujábamos hasta la noche.

Todo iba muy bien, hasta que con el nuevo curso vino una chica nueva, la primera rubia que pisaba la clase. Se llamaba Lucía y siempre vestía con chandal fucsia. Tenía los dientes separados y a mí con ese nombre, la verdad, no me interesaba en absoluto. Pero eso no es lo mismo que opinaba Ramona.

Poco a poco su relación iba siendo más cercana, hasta el punto que Lucía nos acompañaba en nuestros juegos. Cada vez las cosas estaban peor, hasta que un recreo, fui yo la que deje de acompañarlas.

Los días pasaban y cada vez que las buscaba por el patio no estaban. Como si se las hubiera tragado la tierra. Ya no querían ser mis amigas pensaba desconsolada.

Un día, fui al baño en el recreo y, al abrir la puerta, allí las encontré metiéndose la lengua la una a la otra de forma violenta a 10 centímetros de mí. Me quede inmóvil y con cara de espanto. Di media la vuelta y salí corriendo mirando hacia el suelo mientras Ramona y Lucía me pedían por favor que no se lo contara a nadie a gritos, que lo hacían solo porque les parecía agradable.

Que nunca más me dejarían.

Efectivamente, aquel fue el último recreo que pasé sola.

A los dos meses del suceso, los padres de Lucía se enteraron de las aventuras de su hija y se la llevaron del colegio. Hace poco la vi embarazada haciendo churros en una esquina y me acordé de esto.

Tiffany <3

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April 8, 2011


Camela Gold

Cuando iba al instituto tenía una amiga que se compró el disco Camela oro. Era doble porque contenía todos los grandes éxitos del grupo y tenía una portada a lo ABBA GOLD, versión cutre. Al enterarse, otra amiga se lo pidió prestado para grabárselo, pero a la dueña no le importaba hacérselo ella misma si le traía dos CD vírgenes, algo que hizo al día siguiente. A partir de ese momento comentaban y cantaban durante el recreo sus canciones favoritas, mientras yo me preguntaba por qué me juntaba con gente que escuchaba un CD doble de Camela.

La de la versión pirata tenía en el pueblo de sus padres un novio con moto que trabajaba en la fábrica de chucherías Fini y cuando se aburría escupía en la masa de hacer nubes.

La del disco original, cuando sus padres no estaban en casa, quedaba con un chico mayor de su grupo de atletismo para tener sexo oral. Un día se organizó en clase una denominada fuga colectiva y nos llevó a la de la versión pirata y a mí a que viéramos donde vivía él. Una vez visto el edificio (por fuera) se sacó una tiza de la mochila y escribió cerca del portero automático “PEDRO MARTÍNEZ, TE QUIERO” rodeado con un corazón.

Hasta que un día llegó a clase llorando; Pedro se había enfadado por aquella insólita declaración pública de amor y ya no quería nada con ella. No obstante, no tardó en recibir un SMS suyo: “Te perdono si me la chupas”. Al principio se indignó y la de la copia no dejaba de repetirle lo gilipollas que era aquel tío. Llegó incluso a contestarle: “Que te la chupe tu perro”. Aunque el mensaje nunca llegó a su destinatario, oportunamente se equivocó y acabó recibiéndolo la abuela de la chica.

Pero al final se la chupó.

Amber.

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